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viernes, 31 de julio de 2015

Los suecos aman el sol


Otro día lluvioso y de 17-18 grados en este verano de identidad incierta. Entre el gris y la quietud más bien otoñales, una frase del pasado repica en mi conciencia: 
 
Los suecos aman el sol.

Es una frase en apariencia insignificante. Una oración aseverativa afirmativa, compuesta por un sujeto, un predicado y un objeto directo y por vocablos que se encuentran bien plantados en su sentido literal y que difícilmente abren a una lectura simbólica. No hay fuerza poética posible entre la mayúscula y el punto. Es uno de esos típicos enunciados generalizadores que se lanzan, sin temor a reproducir estereotipos, para describir la idiosincrasia de un pueblo o de una nación. Y sin embargo, es una frase que me ha acompañado ya treinta años, como una voz, un locutor en mi cerebro, un mantra: 

                      Los suecos aman el sol. 

La primera vez que la leí fue en la sala de clases en la casa de Emilio Stevanovich, en un departamento de fin de siglo en el barrio de Palermo. No recuerdo la calle, pero el nombre de Lafinur se me aparece como queriendo hacerse notar. Una búsqueda en Internet me informa que Stevanovich vivía en el legendario Palacio de los Patos, construido en 1929, pero si bien puedo reproducir en mi imaginación ese edificio gigantesco que ocupa casi una manzana entera cerca del Zoológico, no tengo recuerdo alguno de haber entrado jamás en uno de sus tantos departamentos. La información no me aclara mucho, más bien me confunde y pone en duda esas habitaciones del fin de siècle que creo recordar. Sin embargo, quiero confiar en la sensación de espacio y de solemnidad que acompañan a estos detalles temporales y de ubicación. Entrar a ese departamento, donde quiera que estuviera, era entrar a un espacio silencioso y bastante tenso en el cual Stevanovich era el monarca: un hombre que quizás tuviera unos 60 años por entonces y que se movía rodeado de un aura de cosmopolitismo e intelectualidad que me fascinaba e intimidaba. Esto último también por su rostro como de ídolo, serio e inamovible, y la impaciencia fácil. 

Era un curso de intérprete simultánea entre castellano e inglés. Stevanovich tenía una excelente reputación de buen maestro y además contaba con la experiencia de haber sido intérprete en la ONU y en otros puestos oficiales. Lo que no sabía entonces, o al menos no recuerdo haberlo sabido, es que era un crítico de teatro muy importante y que había tenido programas de radio de música y de teatro desde los años 60. (Hoy muchos lo recuerdan con admiración y agradecimiento, aunque en ningún lugar encuentro su fecha de nacimiento y en general, no encuentro fechas de los programas radiales que dirigió o en los que colaboró.)

Era el año 1985 y yo tenía 21 años. Mi adolescencia había transcurrido en un colegio inglés durante los años de la Guerra Sucia. Mis primeros años de universidad fueron en Medicina de la UBA (Universidad de Buenos Aires) durante el final de la dictadura pero en 1986 yo todavía tenía la mirada enturbiada por el miedo y la desinformación y mi forma de rebelión era vestirme de negro y leer poesía surrealista. Sin embargo, hoy no puedo pensar la Buenos Aires de esa época sin incluir todo lo que había pasado antes, todo lo que veníamos arrastrando. Y dado este contexto, resalta la frase, tan desprovista de todo aquello, tan desconectada de la historia que iba prendida a mi sombra por las calles de Palermo, caminando hacia lo de Stevanovich con mis cuadernos a cuestas y los ojos llenos de cajal negro y rimmel. 

                      Los suecos aman el sol. 

(Y nosotros, los argentinos, ¿no? ¿Qué amamos los argentinos?)

El texto que empezaba con ella –uno de los muchísimos ejercicios de traducción al inglés que nos tocó hacer– era una semblanza sobre los suecos (no los noruegos, ni los fineses) y la falta de luz con la que conviven gran parte del año. Pero si esa frase quedó para siempre retumbando en mi memoria, tanto el autor del artículo como el resto de sus formulaciones, acaso más elaboradas, se han borrado. Sí recuerdo que me hacía imaginar unas personas que en medio de cualquier actividad cotidiana, en cualquier esquina y de manera compulsiva, ante la mera presencia del sol, se sacaban la ropa exponiendo la mayor cantidad posible de piel a sus rayos. Esa imagen me resultaba cómica y me alejaba de los solemnes personajes de Bergman.

Es que en aquel entonces, yo no sabía casi nada de “los suecos”. En realidad, lo único que conocía era a través de las películas de Bergman que veía en la cinemateca de la Hebraica o en el San Martín. Sin embargo, no pensaba los personajes de Bergman como “los suecos”, personas de carne y hueso que van a trabajar o van al colegio, que andan por las calles, que hacen las compras, pagan las cuentas… Los dramas de Bergman, pasaban por otro lado. A pesar de esa lengua incomprensible a la que solo accedía por los subtítulos en castellano, me llevaban a un espacio existencial, como una especie de universal hegeliano.

Poco imaginaba entonces que, como el narrador de “Axolotl” de Cortázar, un día yo también sería una de ellos. Y que esa frase, retumbando dentro mío era un adelanto de aquella transformación. 

Porque los suecos amamos el sol y si el verano no lo trae en cantidad suficiente, andamos llorando por los rincones como cronopios.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Borges en Gotemburgo


Hace 50 años, a principios de noviembre de 1964, Borges visitó Gotemburgo acompañado por María Esther Vázquez. Sin embargo, esta visita no aparece en gran parte de las cronologías de Borges porque muchas se basan en sus "Autobiographical notes", publicadas en The New Yorker en 1970, y en las cuales Borges solo habla de una visita a Estocolmo.

María Esther Vázquez, más memoriosa, sí la menciona en su libro Borges: esplendor y derrota (1996) y en 2008, Anna Svensson, bibliotecaria de la Colección Iberoamericana de la Universidad de Gotemburgo, saca a la luz partes del archivo de esta colección.

Exposición conmemorativa
Biblioteca de Humanidades
Universidad de Gotemburgo
Noviembre 2014
Las charlas fueron “La literatura fantástica” y “La poesía gauchesca”, dadas el 3 y 4 de noviembre de 1964. En “Borges en Gotemburgo: sobre su conferencia «La literatura fantástica» y sus contactos con el Instituto Iberoamericano”, Anna Svensson reconstruye los detalles de esa visita, el rol de Nils Hedberg, fundador del Instituto, y de Rafael Guitérrez Girardot. Asimismo, compara la conferencia de Gotemburgo con otras conferencias con el mismo título que Borges dio en otros lugares del mundo. En un anexo a su artículo, Svensson ofrece una valiosa bibliografía de textos de y sobre Borges publicados en Suecia entre 1944 y 2008. En este enlace se encuentran ambos. 
Asimismo, Svensson desgraba la conferencia, que publicamos en el mismo número 11 de la revista Anales (2008), un número especialmente dedicado a la literatura fantástica. Lamentablemente, no nos dieron permiso para publicarla de manera digital, así que esa conferencia solo se puede leer en la edición en papel.
Así que, en conmemoración de los cincuenta años de aquella visita, quiero resaltar este importante aporte de Anna Svensson. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Jorge F. Hernández sobre Paz, García Márquez y Bendjelloul


El 21 de mayo nos visitó el escritor mexicano Jorge F. Hernández con una charla titulada “Claridad errante con mariposas amarillas: Octavio Paz y Gabriel García Márquez”. Uno que hubiese cumplido 100 años y otro que nos acaba de dejar hace poquito más de un mes. 

La charla fue develando los vericuetos de la historia de las relaciones sociales y familiares que hacen a un escritor y las decisiones y coincidencias que van marcando su camino. Desde la genealogía paterna de Octavio Paz, con ese abuelo intelectual que peleó para Porfirio Díaz y ese padre, abogado y político, que participó de la reforma agraria, nos regaló anécdotas inolvidables de su relación personal con Paz y luego con García Márquez. Como cuando la oncóloga de Hernández le dio una misma hora para el tratamiento semanal que coincidía con la de Gabo, lo que le permitió a Hernández, además de curarse del cáncer, recuperar la alegría de vivir y hacerse de un nuevo mentor. Porque Hernández nos cuenta de la generosidad de Octavio Paz para leerle y corregirle los textos en su juventud.  Similar generosidad le mostrará García Márquez, que dicho sea de paso, era el padre de sus amigos de la infancia: Rodrigo y Gonzalo. Y nos cuenta de los amigos mexicanos de García Márquez, que lo mantuvieron económicamente mientras el escribía ese libro que se iba a llamar La casa pero que finalmente va a llamarse Cien años de soledad y A Hundred Years of Solitude y Hundra år av ensamhet y百年の孤独 (Hyakunen no kodoku) y Cent’anni di solitudine y Sto godina samoće y Сто година самоће y tantos otros títulos que lo harán famoso en el mundo entero y le ahorrarán el dinero de los taxis, dado que los taxistas lo homenajean eligiendo no cobrarle.


Pero Hernández también resaltó la importancia de Octavio Paz como poeta. ”Su poesía es la piedra angular para entenderlo,” dijo. Y explicó que sus ensayos surgían de una necesidad de completar lo que la historiografía no lograba transmitir. Nos recordó que a pesar de la fama y de los premios recibidos, no se lo lee mucho hoy en día y añoró su presencia, que nos hubiese ayudado a entender tanta violencia y tanta muerte en el México de hoy. Por eso, habló de la urgencia de lograr que los jóvenes de hoy lo lean.

Sobre García Márquez, expresó su admiración ante el hecho de que a pesar del Premio Nobel, Gabo siguiera desarrollándose como escritor. Como si nada hubiera pasado. A tal punto que el libro del que más orgulloso estaba, El amor en los tiempos del cólera, es posterior al recibimiento del prestigioso galardón. Y, por supuesto, resaltó su labor por promover el cine latinoamericano a través de la fundación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, y de su sostenido compromiso en la misma.

Como escritor, Jorge F. Hernández (1962) ha publicado novelas, cuentos y ensayos. También escribe regularmente en los periódicos Milenio y El País Internacional. Las últimas dos columnas en Milenio trataron sobre Malik Bendjelloul, director de cine sueco al cual Hernández admiraba y al cual le hubiese encantado entrevistar si la muerte no le hubiese ganado de mano: 
Archipiélagode azar, 2014-05-22

(Gracias, Anna Svensson por las notas sobre Octavio Paz.)

lunes, 10 de marzo de 2014

Qué les leo a mis hijas/os

El otro día recibí una carta de Victoria que me pedía recomendaciones de literatura para chicos en castellano hispanoamericano y cómo conseguirla. Reconozco esa sensación de frustración de la que hablaba Victoria, al descubrir lo difícil que es conseguir libros en castellano en Suecia y, sobre todo, en variantes no peninsulares. 

Al principio, cuando mis hijas eran chiquitas, les leía de los libros suecos (que son excelentes), pero traduciendo el texto al castellano a medida que leía. Era un ejercicio interesante: encontrar no solo las palabras, sino los giros, las formas de decir lo mismo manteniendo el estilo de lo escrito en sueco. Muchas veces pensé que debería escribir esas traducciones y tratar de ofrecerlas a alguna editorial. Sobre todo, las de esos libros que leíamos una y otra vez, lo que me daba la oportunidad de ir mejorando la traducción. Claro que esto de mejorar la traducción no siempre era bienvenido por mis ‘oyentes’ que exigían las mismas palabras que las veces anteriores. Pero sus protestas daban lugar a interesantes discusiones metalingüísticas de por qué era mejor decir así que asá, y eso también era parte del placer de nuestros momentos de lectura.

miércoles, 15 de enero de 2014

Juan Gelman (1930-2014)


Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,

rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Estar en Suecia un día como hoy es duro. Anoche murió Juan Gelman y acá todo sigue como si nada. Los partidos políticos inician su campaña electoral y la probabilidad que alguno de sus jefes o jefas cite un verso de Gelman en homenaje a uno de los grandes poetas en castellano es inexistente. De hecho, la obra de Gelman ni siquera está traducida al sueco. Aunque quién sabe, quizás algún poema suelto, sí. Algún poemita.

Busco en los diarios suecos y la noticia es insignificante: cinco renglones para contar esta muerte que a mí me arrojó en un agujero de tristeza. Y lo que es más lamentable, esos renglones se limitan a dar sus datos biográficos. Nada de la grandeza de su oficio de poeta. Nada de cómo te llegan al alma sus escritos.

Juan Gelman, el poeta que logró conjugar la poesía intimista y la poesía política. No digo comprometida, porque a él no le hubiera gustado.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Elegía a Joseph Cornell de María Negroni: elegía a un mundo rugoso y lleno de recovecos



"El collage es la innovación más importante del arte en el siglo XX. Al valorar lo cotidiano (en todas sus versiones, incluso la basura) y otorgar a los productos del azar el rango de objetos artísticos, logra abolir la separación entre arte y vida. También logra que la imaginación haga su juego, que se incentiven las grietas delmundo, descalabrando, una vez más, la razón a favor del deseo." (Negroni Elegía a Joseph Cornell, p. 73)
 



Para quienes añoramos el siglo XIX como si hubiésemos vivido en él, conocerlo a Joseph Cornell de la mano de María Negroni es volver un poco a la niñez. Con los ojos enormes y como conteniendo la respiración voy pasando las páginas, dejándome poblar de imágenes evocadas por palabras de la autora evocadas por el arte de Cornell.

Joseph Cornell, ese hombre gris que recupera olvidos en negocios de segunda mano y construye un aleph en su departamento de Manhattan, nació ya en el siglo XX. Pero su gustos son del siglo anterior: la poesía simbolista, la música romántica, y esa manía de coleccionar objetos, catalogarlos, reutilizarlos. “Es un artista plástico que no pinta, un cineasta que no filma,” dice la autora en esta entrevista tan linda que le hizo Silvina Friera para Página 12. Uno más en la línea de artistas que evitan la tiranía de la representación y se lanzan a crear mundos con pedacitos de este mundo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Gajes de enseñar literatura hispanoamericana en Suecia

Hace unas semanas me invitaron a participar de un curso de máster sobre la literatura como creadora de historias alternativas que se estaba planificando en el departamento de literatura comparada. O sea, en sueco. Querían que diera una clase sobre la figura de Colón en la literatura hispanoamericana, y que propusiera algunas lecturas: una novela y un par de artículos críticos. Me entusiasmó la idea  y  me puse a buscar una novela que pudiese ser interesante para estudiantes suecos que poco saben de literatura hispanoamericana. 

En primer lugar pensé en La vigilia del almirante (1992) de Augusto Roa Bastos. Me pareció una novela perfecta para el curso, porque me permitiría hablar del llamado Boom latinoamericano a través de un escritor que me encanta y al que no se le ha prestado mucha atención en Suecia. Un escritor que además suele discutir la cuestión del bilingüismo, que me parece fundamental al hablar de Latinoamérica. Pero ante mi decepción, la novela no estaba traducida al sueco. Había partido de la idea que si hay algo de la literatura hispanoamericana que está traducido al sueco, es la literatura de Boom. En los años 70 y 80 del siglo pasado, se tradujo bastante literatura del castellano, con traductores e introductores como Knut Ahnlund, Sun Axelsson, Annika Ernstson, Jens Nordenhök, Irmgard Pingel, Jan Sjögren, Lasse Söderberg. Pero cuando digo ‘bastante’, significa bastante para lo que se suele traducir del castellano al sueco. Mi idea de elegir un escritor que hubiese estado activo en ese período porque iba a ser más fácil encontrarlo en sueco, resultó ser un fiasco.